Cada 11 de septiembre, Chile vuelve a encontrarse con uno de los capítulos más dolorosos de su historia. El golpe de Estado de 1973, el quiebre de la democracia y las violaciones a los derechos humanos cometidas durante la dictadura constituyen hechos históricos que merecen memoria, verdad, justicia y respeto. Sin embargo, después de más de medio siglo, considero necesario preguntarnos si hemos aprendido verdaderamente de aquella experiencia o si continuamos permitiendo que nuestro pasado sea utilizado como instrumento de confrontación política.
No cuestiono el derecho de recordar ni la obligación de preservar la memoria histórica. Lo que cuestiono es la utilización recurrente de esas heridas para profundizar diferencias, movilizar emociones y mantener enfrentados a ciudadanos que, más allá de sus convicciones ideológicas, comparten necesidades, preocupaciones y aspiraciones semejantes.
La antigua expresión «Divide y reinarás», conocida en latín como Divide et impera, describe una estrategia tan sencilla como efectiva: fomentar divisiones entre quienes podrían unirse para cuestionar las estructuras de poder. Y es precisamente aquí donde surge mi principal preocupación. ¿Cuánto de nuestra confrontación política responde a diferencias legítimas y cuánto termina beneficiando a quienes necesitan una sociedad fragmentada para conservar su influencia?
No considero que esta práctica pertenezca exclusivamente a la izquierda o a la derecha. Las estructuras de poder pueden trascender gobiernos, partidos y generaciones. Basta observar cómo determinadas familias, redes de influencia y círculos políticos mantienen presencia en distintas organizaciones y espacios de decisión. La participación de familiares en partidos diferentes no constituye, por sí misma, una irregularidad; sin embargo, corresponde preguntarnos cuándo esas relaciones contribuyen al pluralismo democrático y cuándo podrían favorecer la continuidad de privilegios e intereses particulares.
Mientras discutimos interminablemente sobre quién tuvo la razón en el pasado, corremos el riesgo de relegar las preguntas fundamentales del presente: ¿qué país estamos construyendo?, ¿qué oportunidades tendrán nuestros hijos?, ¿cómo fortalecemos nuestras instituciones?, ¿qué hacemos frente a las desigualdades y qué responsabilidades exigimos a quienes administran el poder?
He llegado a una convicción: el verdadero problema de Chile no es que sus ciudadanos piensen diferente, sino que esas diferencias puedan ser utilizadas para impedir que nos encontremos en aquello que compartimos. Una democracia madura no necesita uniformidad ideológica, sino ciudadanos capaces de dialogar, fiscalizar y exigir resultados sin convertirse en enemigos.
Tampoco podemos confundir reconciliación con impunidad ni memoria con enfrentamiento permanente. Reconocer las responsabilidades históricas es compatible con construir acuerdos para el futuro. Ninguna sociedad debería renunciar a la verdad para alcanzar la convivencia, pero tampoco debería permitir que su historia se transforme en una barrera insuperable entre generaciones.
Chile necesita recuperar el sentido de comunidad, fortalecer su conciencia ciudadana y comprender que los gobiernos son transitorios, mientras que las consecuencias de sus decisiones permanecen en la vida de las personas.
Quizás haya llegado el momento de dejar de preguntarnos únicamente quién ganó o perdió las disputas del pasado y comenzar a preguntarnos quiénes se benefician cuando los chilenos permanecemos divididos.
Porque recordar no significa vivir enfrentados, reconciliar no significa olvidar y pensar distinto jamás debería convertirnos en enemigos. La memoria debe ayudarnos a reconocer nuestra historia; la madurez política, a no repetir sus errores; y la responsabilidad ciudadana, a impedir que nuestras diferencias se conviertan en herramientas para perpetuar el poder.
Chile no necesita una ciudadanía que piense igual. Necesita una ciudadanía que, aun pensando diferente, sea capaz de unirse para exigir un país más justo, democrático y digno para todos.
Por: Juan Carlos Hernández Caycho, periodista y comunicador
