¿Por qué es tan importante aprender a gestionar nuestras emociones desde la primera infancia?

Educar las emociones es también enseñar a vivir, convivir y comprender a los demás.

Vivimos en una sociedad donde constantemente exigimos a los adultos que sean empáticos, respetuosos, tolerantes y capaces de resolver sus conflictos mediante el diálogo. Sin embargo, pocas veces nos detenemos a reflexionar sobre una pregunta fundamental: ¿estamos enseñando estas habilidades desde los primeros años de vida? La primera infancia constituye una etapa esencial del desarrollo humano, pues durante este período los niños y niñas comienzan a descubrir quiénes son, cómo se sienten y de qué manera pueden relacionarse con el mundo que los rodea. Experimentan alegría, tristeza, miedo, frustración, enojo y entusiasmo, aunque todavía están desarrollando las habilidades necesarias para comprender y regular estas emociones. Por esta razón, la educación emocional no debería considerarse una enseñanza secundaria, sino un componente fundamental de la formación integral, tan importante como el desarrollo del lenguaje, el pensamiento y las habilidades sociales.

Uno de los errores más frecuentes que cometemos como adultos es clasificar las emociones como buenas o malas, transmitiendo involuntariamente la idea de que algunas deben expresarse mientras otras deben ocultarse. Sin embargo, todas las emociones cumplen una función importante en nuestra vida. El miedo puede advertirnos de un peligro; la tristeza nos permite expresar una pérdida o necesidad de consuelo; el enojo puede indicarnos que algo nos incomoda, mientras que la alegría favorece las experiencias de bienestar y conexión con los demás. El verdadero desafío no está en evitar que los niños experimenten determinadas emociones, sino en proporcionarles herramientas para reconocerlas, comprenderlas y expresarlas de manera saludable. Cuando un niño llora porque otro compañero tomó su juguete, no necesariamente está intentando comportarse mal; posiblemente está experimentando frustración y todavía no sabe cómo comunicar lo que siente. En lugar de responder con expresiones como ¡No llores! o ¡No te enojes!, podemos acompañarlo mediante palabras sencillas: Veo que estás enojado porque querías ese juguete. Entiendo cómo te sientes. Vamos a buscar una solución. Aunque parezca un gesto pequeño, representa una valiosa oportunidad para desarrollar habilidades emocionales y fortalecer la confianza entre el niño y el adulto.

Cuando los niños y niñas crecen sin suficientes oportunidades para reconocer, expresar y regular sus emociones, pueden experimentar mayores dificultades para enfrentar frustraciones, resolver conflictos y establecer relaciones saludables. Esto no significa que necesariamente desarrollarán problemas emocionales durante la adultez, ya que el desarrollo humano depende de múltiples factores familiares, sociales, culturales y personales. No obstante, las experiencias tempranas desempeñan un papel significativo en la construcción de habilidades socioemocionales. Frente a esta realidad, resulta inevitable preguntarnos: ¿cómo esperamos construir una sociedad más empática si desde pequeños no enseñamos a comprender lo que sentimos ni a respetar las emociones de los demás? La violencia, la intolerancia y las dificultades de convivencia tienen causas complejas, pero promover la educación emocional desde la infancia puede contribuir a prevenir determinadas conductas agresivas y favorecer relaciones basadas en el respeto, la comprensión y la cooperación.

En este proceso, los adultos desempeñamos un papel fundamental, porque los niños y niñas no solamente aprenden de aquello que les enseñamos mediante palabras, sino también de nuestras acciones y comportamientos cotidianos. Observan cómo reaccionamos cuando algo nos molesta, cómo enfrentamos nuestras diferencias y cómo tratamos a quienes piensan distinto. Por ello, resulta contradictorio pedirle a un niño que no grite cuando nosotros mismos resolvemos nuestros conflictos levantando la voz. La educación emocional comienza también con nuestra capacidad de reconocer y regular nuestras propias emociones. Como educadores, madres, padres y adultos responsables, tenemos el desafío de construir ambientes seguros donde los niños puedan expresar lo que sienten sin temor a ser ridiculizados, castigados o ignorados por experimentar una emoción. Sin embargo, es importante comprender que validar una emoción no significa permitir cualquier comportamiento. Podemos reconocer que un niño está enojado y, al mismo tiempo, enseñarle que no debe golpear a sus compañeros. De esta manera, aprende que todas sus emociones son legítimas, pero que sus acciones deben respetar tanto su propio bienestar como el de quienes lo rodean.

Otro aspecto que merece especial atención es la importancia de desarrollar una educación emocional inclusiva e intercultural, reconociendo que las emociones pueden expresarse e interpretarse de distintas maneras según las experiencias familiares, sociales y culturales. Cada niño y niña llega al espacio educativo con una historia, una identidad y formas particulares de relacionarse con los demás. Por ello, una educación verdaderamente respetuosa debe valorar estas diferencias y ofrecer oportunidades para que todos puedan expresar sus sentimientos sin temor a ser juzgados. Los cuentos, la música, los juegos cooperativos, las expresiones artísticas y las experiencias sensoriales constituyen herramientas pedagógicas que pueden favorecer el reconocimiento emocional, la empatía y la convivencia. No se trata únicamente de enseñar a identificar un rostro triste o feliz, sino de acompañar a los niños en la comprensión de que cada persona puede sentir y expresar sus emociones de manera diferente, y que esas diferencias también merecen respeto.

Quizás uno de los mayores desafíos de nuestra sociedad sea comprender que educar no consiste solamente en enseñar números, letras o conocimientos académicos, sino también en contribuir a la formación de personas capaces de escuchar, dialogar, respetar las diferencias y reconocer la dignidad de los demás. Un niño que aprende a identificar su enojo, pedir ayuda, esperar su turno y comprender que sus compañeros también tienen sentimientos está desarrollando habilidades que podrán acompañarlo durante toda su vida. Sin embargo, estos aprendizajes no aparecen de manera inmediata ni se adquieren mediante una sola actividad. Requieren tiempo, paciencia, acompañamiento y experiencias significativas que permitan construir relaciones afectivas seguras. Por esta razón, la educación emocional debe formar parte de la vida cotidiana, tanto en los establecimientos educativos como en los hogares, promoviendo espacios donde el diálogo, la comprensión y el respeto sean prácticas habituales y no solamente valores que mencionamos cuando surgen los conflictos.

Tal vez deberíamos dejar de preguntarnos únicamente qué conocimientos queremos que nuestros niños y niñas adquieran y comenzar a reflexionar sobre qué clase de seres humanos queremos contribuir a formar. Porque un niño que aprende a comprender sus emociones tiene mayores oportunidades de reconocer también las emociones de los demás, desarrollar empatía y establecer relaciones saludables. Una sociedad que educa desde el respeto, la sensibilidad y la comprensión puede avanzar hacia formas de convivencia más humanas, donde las diferencias no se conviertan necesariamente en motivos de enfrentamiento. No podemos evitar que nuestros niños experimenten tristeza, miedo, enojo o frustración, pero sí podemos enseñarles que ninguna emoción debe enfrentarse en soledad y que siempre existen maneras de expresar lo que sentimos sin dañar a los demás.

La educación emocional no comienza cuando somos adultos y enfrentamos nuestros primeros grandes conflictos; comienza mucho antes, en aquellos momentos de la infancia en que alguien nos escucha, nos comprende y nos demuestra que nuestras emociones importan. Porque educar emocionalmente no significa enseñar a los niños a dejar de sentir, sino acompañarlos para que aprendan a comprenderse, respetarse y convivir. Y quizás sea precisamente allí, en esos pequeños aprendizajes de la infancia, donde comience la construcción de una sociedad verdaderamente más empática y humana.

Fernanda Elena Valdebenito Tapia
Gerente General CEMAFE

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