Una reflexión sobre el acoso laboral, el abuso de poder y la pérdida de humanidad en nuestros espacios de trabajo.
Hace poco, mientras leía sobre el origen de la Ley Karin en Chile, surgió una pregunta que considero necesaria: ¿Por qué hemos llegado al punto de necesitar leyes que nos recuerden algo tan básico como respetar la dignidad de otra persona?
La Ley Karin, que lleva el nombre de Karin Salgado, una trabajadora de la salud que sufrió acoso laboral y falleció en 2019, representa mucho más que una normativa. Nos invita a mirar una realidad que durante años ha permanecido silenciada en numerosos espacios laborales.
Pero ¿de dónde nace esta necesidad de acosar, humillar, intimidar o ejercer poder sobre los demás?
No existe una única respuesta. En algunos casos, estas conductas se relacionan con el autoritarismo, la discriminación, los prejuicios, la necesidad de controlar o la incapacidad de gestionar los conflictos. En otros, encuentran terreno fértil en organizaciones donde el maltrato se normaliza, las jerarquías se utilizan para intimidar y el silencio se convierte en una forma de supervivencia.
Lo más preocupante es que muchas veces estas actitudes se disfrazan de bromas, exigencias laborales, comentarios aparentemente inofensivos o supuestas formas de ejercer autoridad.
También está el acoso sexual, una manifestación especialmente grave de violencia que vulnera la autonomía y dignidad de las personas. Ningún cargo, posición jerárquica o relación laboral otorga el derecho de realizar insinuaciones, presiones o requerimientos sexuales no consentidos que perjudiquen la situación laboral de alguien.
Y entonces vuelvo a preguntarme:
¿Por qué no podemos simplemente llegar a nuestro trabajo, cumplir nuestras responsabilidades, recibir una remuneración digna y regresar a nuestros hogares en paz?
¿Por qué una persona debería sentir miedo de encontrarse con su superior? ¿Por qué tendría que soportar humillaciones para conservar su empleo? ¿Por qué debemos aceptar como normales los rumores, las burlas, las amenazas o el desprestigio de nuestros compañeros?
El trabajo debería ser un espacio de crecimiento, colaboración y desarrollo humano, no un escenario donde las personas deban demostrar constantemente cuánto maltrato son capaces de soportar.
Sin embargo, también debemos comprender que no todo desacuerdo constituye acoso. Las diferencias de opinión, las correcciones profesionales y el cumplimiento de normas forman parte de cualquier organización. Lo fundamental es cómo se ejercen esas responsabilidades y si se respeta la dignidad de quienes participan.
La Ley Karin constituye un avance importante, pero ninguna legislación puede transformar por sí sola una cultura organizacional. Para lograrlo necesitamos liderazgos responsables, educación emocional, mecanismos efectivos de prevención y, sobre todo, la voluntad de reconocer que ninguna persona es superior a otra en dignidad.
No necesitamos ambientes laborales donde todos pensemos igual. Necesitamos espacios donde podamos pensar diferente sin temor a ser humillados.
Quizás el verdadero cambio comience cuando dejemos de confundir autoridad con superioridad, respeto con obediencia y silencio con aceptación.
Porque detrás de cada trabajador existe una historia, una familia, sueños, preocupaciones y una vida que continúa después de terminar su jornada.
Trabajamos para vivir, no para que el trabajo destruya nuestra tranquilidad, nuestra salud o nuestra dignidad.
Y si algo debería enseñarnos la historia que dio origen a la Ley Karin, es que nunca debemos esperar una tragedia para comenzar a tratarnos con humanidad.
Fernanda Valdebenito Tapia
Gerente General CEMAFE
